En este memoir, el profe, un hombre tatuado, rockero y misterioso que rompe con el estereotipo del académico sabiondo, parece no saber lo que significa el amor sapiosexual.

Oye, ¿te refieres a la clase de mi hombre?

Así comenzó todo, cuando le otorgué el título de propiedad. Algo que sólo yo sabía se convirtió en un secreto a voces en todo el salón de clases. Un juego de miradas y risas indiscretas entre los compañeros.

¡Pero la culpa la tiene Manos Callosas y ese intelecto que lo hace tan atractivo!

La primera vez que lo vi fue en la sala de juntas. Un hombre maduro, complexión media y de aspecto misterioso que asocié con la rudeza por el llamativo tatuaje en su brazo derecho; ropa oscura y un gran anillo en forma de cráneo que embona a la perfección en uno de sus dedos.

Es un hombre que gusta invertir su tiempo en la investigación y sus recursos en viajes por todo el mundo. Mientras gozaba de una provechosa beca que le diera el título de maestro, vivió tres años en Francia y cada año visita el país europeo. De Iztapalapa para el mundo.

“¡Pero la culpa la tiene Manos Callosas y ese intelecto que lo hace tan atractivo!”

El doctor en ciencias sociales sería uno de mis profesores durante el semestre. Debo confesar que sus tatuajes me causaron ruido. Nunca imaginé a un intelectual que rompiera con los estereotipos del “profesor globalizado”, esos que asocias con un maletín en mano, corbatas y un par de mocasines bien boleados… mi profesor es el típico “chavo ruco” con zapatos deportivos. Eso me dio confianza.

Antes impartía clases con los brazos cubiertos; no por miedo a recibir llamadas de atención por parte de la escuela. Quería apegarse a todas esas cuestiones de respeto muy propias de los académicos.

–La gente se fija en ese tipo de cosas pero la clase se hace con la palabra. Conforme pasó el tiempo (casi diez años) y obtuve los títulos académicos me decidí a descubrir mis tatuajes, creo que es como una marca que me distancia de mis alumnos.

Quince minutos de entrevista no bastarían para describir su personalidad. Al tomar su clase por algunos meses e iniciar esa relación de alumna-profesor, lo conozco un poco más. Es un punto a mi favor, como si hubiera roto una galleta de la suerte.

“Sus tatuajes me causaron ruido. Nunca imaginé a un intelectual que rompiera con los estereotipos del profesor globalizado”

Sé que cometí un error durante la entrevista al no preguntarle “lo prohibido”, temí que la mirada delatara mis verdaderas intenciones (cuestionarle sobre su vida de pareja). Me resultaba difícil formular “¿Tienes novia?”, “ ¿Eres casado?”, “Si-No”, “¿Por qué?”, como una reportera de espectáculos tratando de sacar a la luz las tragedias sentimentales. Aún no era el momento y encaminé la entrevista hacia aspectos menos indiscretos.

–¿Qué significan tus tatuajes? ¿Cuántos tienes?

–Tengo varios. Son imágenes religiosas: Niō, el guardián musculoso de Buda; un Cristo; Samael, uno de los ángeles caídos, y Abraxas, el Dios que representa el bien y el mal.

Con la descripción de las imágenes dibujadas en su cuerpo, supuse que el profe era uno de esos fanáticos que todas las noches se flagelan para redimir sus pecados, rodeado de veladoras e inciensos. ¡Gracias a Dios! no profesa ninguna religión, pero se considera una persona espiritual, “una mezcla de todo”.

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Ilustración: Yoana Novoa

Por el cabello se deslizan los versos de la canción 'Que nos parta un rayo', de Cristina Rosenvinge y Nacho Vegas.

Mientras algunos hombres de su edad coleccionan figuras de superhéroes, juguetes, comics o automóviles, la casa del catedrático está llena de imágenes sagradas de diversas culturas del mundo: desde un buda hasta la santa muerte.

Otra religión para él es la música. La profesa desde los 15 años.

–Toco el bajo y la guitarra como una especie de hobbie, pero me quita mucho tiempo.

En un principio, su repertorio estuvo conformado por géneros musicales derivados del rock. Con el paso del tiempo las manos callosas generaron sonidos tan diversos como el heavy metal y una candente cumbia.

Tras una ardua investigación en Facebook, descubrí que en 2003 la banda que integraba el profe tocó en vivo desde el Canal 22, un espacio televisivo cultural de la zona metropolitana del Valle de México. ¡Caray Manos Callosas! ¿Dónde firmo?…

–Si la música no me da de comer, por lo menos me alimenta el espíritu, es algo que no puedo dejar.

Sus pasatiempos: escuchar música, pasarla con sus cuates y reírse mucho. El espacio para pensar y ser académico está con sus alumnos. Fuera de las aulas , el profe es una persona sencilla. No habla de libros ni nada de lo que lo hace muy sabiondo.

–Sería muy aburrido que una persona en una fiesta se ponga a platicar de libros, citar autores y esas cosas. Cuando conozco a este tipo de personas fuera del ambiente académico, me causan un poco de escozor.

* * *
“Supuse que el profe era uno de esos fanáticos que todas las noches se flagelan para redimir sus pecados”

Soy Sapiosexual.

Es el término que mi amiga de León encontró en la web para referirse a mi gusto por el intelecto. En un principio la palabra me evocó a una pervertida, pero “sapiosexual” es asunto de inteligencia.

En clases el hombre es serio. Cuando se dirige a sus alumnos mira fijamente a los ojos y a la hora de las participaciones se muestra atento, como si tratara de adivinar lo que voy a decir.

–No me molesta que durante la clase los chavos estén pegados al teléfono o la computadora, quien quiera poner atención lo hará. Los alumnos pueden estar físicamente en el aula, pero su mente en otro lado.

Por un momento me sentí identificada con su comentario, pero no me atrevía a confesarle que en ocasiones el tiempo en clase se me iba mirando sus manos (y es que en términos antropológicos las manos hablan mucho de una persona). Tampoco podía decirle que, de vez en cuando, usaba sus apuntes en el pizarrón para poner en práctica mis vagos conocimientos en grafología, y mucho menos que me sentía identificada con él y sus camisas arrugadas.

Supongo que sus risas las reserva para sus seres queridos pues ríe ocasionalmente y, cuando lo hace, sus muecas me evocan a Merlina de los Locos Adams. Un gesto lleno de misterio sin perder la cordura, una sonrisa Colgate… de esas que enamoran.

Sus bastas y entretenidas explicaciones durante dos horas de clases confirman que es un gran conocedor en la materia. Como buen comunicólogo, en su temario semestral predominó Umberto Eco con sus Apocalípticos e integrados y todas esas cuestiones que engloban el fenómeno Kitsch o la estética del mal gusto.

“No me atrevía a confesarle que en ocasiones el tiempo en clase se me iba mirando sus manos”

Recuerdo el día en que rompió mis ilusiones al declarar que la música de la cantante de pop “Fey” era horrenda.

–¡Chale! ¡Y yo que pensaba dedicarte “Azúcar amargo” o mi “Media naranja”!

Nos enseñó la crítica del arte contemporáneo con todos esos artistas que últimamente prefieren hacer uso del cuerpo como lienzo, tema que sin duda marcó la autenticidad y originalidad en su materia. Y qué decir de los textos en francés. Fueron un verdadero dolor de cabeza para todo el grupo. El texto más largo y más complicado me tocó a mí.

–No es más que un chavo banda con doctorado y postdoctorado.

Ajá. Pareciera que a este compañero de clases no le agrada la idea de que el maestro sea 20 años menor que él.

Pero “el chavo banda” también tiene su corazoncito. Es fundador de un pequeño centro cultural en Iztapalapa, donde trabaja con adolescentes embarazadas, y trata problemas de drogadicción y violencia.

–No lo veo como altruismo porque crecí ahí. Antes era un kínder de mi familia. Ahora damos clases de música, danza y box: todo con un sentido de integración social.

Por cuestiones académicas, el profe sólo asiste al centro cultural dos o tres veces por semana. Me atrevo a pensar que sus alumnos de la Ibero y de La Salle no somos tan diferentes de todos esos chicos.

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–Bicky, tienes gustos bien raros.

Eso me dice un amigo de Saltillo. Hace una ligera crítica sobre mi rara concepción de la belleza; la música, la comida, el taco de ojo de la escuela, incluido el profe. Ah, y mi novio.

Manos Callosas no es una persona extrovertida. Es callado, tímido, inocente… A lo mejor oculta su esencia detrás de una máscara y por eso le gusta tanto la lucha libre. Siempre solitario, lee, escribe y da clases. Domina el francés y quiere dedicar su vida a la investigación. Actualmente trabaja para obtener un postdoctorado.

–Desde pequeño he sido una persona reservada. A pesar de ello, mi madre siempre dice que llevo la música por dentro. Y por dentro siempre hay locura.

A veces creo que no se puede conocer a una persona en una entrevista, en cuatro meses y mucho menos si sólo lo ves los lunes de seis a ocho de la noche. Algún día tendré la fortuna de ver al profe en algún escenario y no quedarme con las ganas de gritarle.

–¡Tócame una cumbia! Con un cartel que dijera: “Je suis ta fan” (Sí, en francés… la luchita se hace, ¿no?)

Tal vez, como mi compañero criticaba (con cierto cariño), el profe se anda mucho por las ramas en sus clases, pero sí que es auténtico. Como estudiante siempre me llevo un grato recuerdo de las personalidades que marcaron mi rumbo académico. El misterioso hombre de manos callosas se ha ganado definitivamente el título de un profe para recordar.

Lo nuestro no podría ser: nos veríamos como un “Cuarenta y veinte”. Pero tengo novio y a él sí le puedo cantar “Mi media naranja” al oído.
¡Ni modo mi chavo, te lo perdiste!

*Este texto fue escrito en la clase de Periodismo narrativo de Sergio Rodríguez Blanco (Maestría en Comunicación)

Un comentario en “Cuarenta y veinte. Mi amor platónico, sus manos callosas

  1. Muy interesante y divertido el relato, Creo que la sapiosexualidad es una perversión con poco rating, pero al menos puede ser detonante de un texto bien escrito. Felicidades a Bicky (ojalá que su tesis sea igual de amena).

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