Se dice que la belleza cuesta, requiere sacrificios y es dolorosa. Ricardo López Cordero pensaba lo mismo hasta que compró una rasuradora eléctrica para la nariz y descubrió la posibilidad de un mundo un poco menos peludo.

En casa paso siempre un par de minutos frente al espejo tratando de ver lo que hay dentro de mi nariz. Echo la cabeza para atrás, cierro el ojo contrario a la fosa que pretendo examinar y encuentro unos cuatro o cinco pelos que cuelgan perfectamente derechos como si fuesen acróbatas chinos. Me gustaría que la ventana de Overton que rige las formas tolerables del pelo en el rostro comience a admitir los que salen de la nariz como una revelación aceptable. No es que yo sea demasiado peludo. Mi barba apenas cierra y no tengo ni un pelo en la espalda. Pero mi nariz se empeña en ser terreno fértil para esos feos vellos que arruinan cualquier posibilidad de tener una conversación frente a frente.

No es que yo sea demasiado peludo. Mi barba apenas cierra y no tengo ni un pelo en la espalda

La solución hasta hace unos días era simple e inefectiva o tardada y dolorosa. La primera incluía unas tijeras con punta redondeada que sólo alcanzaban a cortar los pelos más largos. La otra requería únicamente la ayuda de un par de pinzas y una esencial dosis de imprudencia. Arrancar los pelos nasales uno a uno se parece más a una forma de tortura perfeccionada por un judicial setentero que a un ritual de cuidado personal a cumplirse cada semana. Sacarme los pelos de la nariz así, con pinzas, terminaba siempre con un par de fosas limpias y otro par de mejillas por las que corría un pequeño canal de lágrimas. Además de una serie de injurias y maldiciones que hacía eco en las paredes del baño y llegaba al tragaluz. Dirán que soy exagerado pero estoy seguro que el judicial en cuestión aprendió esta técnica de tormento en la Escuela de las Américas.

Arrancar los pelos nasales uno a uno se parece más a una forma de tortura perfeccionada por un judicial setentero que a un ritual de cuidado personal

Así estaba yo, resignado a vagar por el mundo con la nariz adolorida esperando a que los ideólogos de la moda y los cánones de belleza encontraran estéticos los necesarios pelos que brotan de nuestras narices. La esperanza revive siempre que veo a un mirrrey caminando orgulloso con un par de zapatillas de gamuza azul y una camisa abierta hasta el ombligo. Esta semana, mientras me preparaba para ir a una boda lejos de la ciudad, olvidé el idealismo y me pasé al bando de los pragmáticos. Alguien que asegura quererme me dijo que los pelos nasales no van bien ni siquiera con un traje planchado y una corbata de seda. Esa conversación terminó en un Sanborns, donde por trescientos pesos me hice de un artilugio que prometía resolver mi problema. Parece bolígrafo. Mide casi lo mismo de largo, pero es un poco más ancho. La batería triple A, me enteré después, no está incluida. El cuerpo termina en una punta negra de la que sale una pequeña cuchilla serrada. El milagro es que es efectiva y no duele nada. Bueno, milagro para los peludos como yo (al menos de la nariz para arriba).

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© 2014 Mahieu Summer. Licensed under CC-BY.

Texto generado en el Taller de Periodismo Narrativo de Sergio Rodríguez Blanco

Un comentario en “En defensa de los pelos que salen de la nariz

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