Un gigante aguarda en el primer santuario de la patrona de los mexicanos. Regina Barberena visitó la Antigua Basílica de Guadalupe carente de plegarias, favores y talento musical para reparar en que el asombro y la torpeza cargan sonidos barrocos.

“La Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Te-pe-yaaac”.

Será desde los cinco años que esta estrofa ronda mi pensamiento cada vez que visito la Basílica de Santa María de Guadalupe (Basílica de Guadalupe, pues). En un lugar donde chocas codos con peregrinos y arrugas la nariz al pasar por el incienso, es difícil no dejarse envolver por la devoción católica.

Esta fue, quizá, la primera vez que no pasé la banda eléctrica que te acerca al retablo de la Virgen de Guadalupe. Es más, ni entré a la Nueva basílica, me fui directito al Templo expiatorio a Cristo Rey, mejor conocido como la Antigua basílica. Mi propio Caronte terrestre indicó que este privilegiado trayecto comenzaría subiendo una cuesta a prueba de claustrofóbicos. No accedí a ningún círculo, pero sí a una de las cuatro torres angostas y oscuras.

Un poco corta de aire llegué al coro, donde los candelabros quedaban prácticamente a la altura de mi vista. Avancé unos metros a la izquierda para después levantar la cabeza y perder dimensión de espacio ante lo que estaba frente a mí: el órgano monumental Wurlitzer, de origen alemán, estrenado cuando el arquitecto Luis G. Olvera restauró este santuario. No soy pianista y lo único que toco es la puerta, pero la tentación por hacer sonar una nota de este gigante me invadió.

No soy pianista y lo único que toco es la puerta, pero la tentación por hacer sonar una nota de este gigante me invadió.

La última vez que este órgano funcionó antes de su compostura fue el 12 de octubre de 1976. Ahora que regresó a la vida en una época donde puedes descargar un piano en el iPad, se le considera una de las piezas artísticas más importantes de América Latina, y por supuesto, de la cultura musical mexicana. Cuando me senté en el banco de madera oscura me encontré rodeada por 108 teclas blancas, 75 teclas negras, 13 pedales y un sinfín de botones que accionan diferentes acordes. Realmente no tenía idea.

Empecé a tocarlo con los pobres no-dedos de pianista que tengo y mi coraje por no saber interpretar la Toccata e fuga en Re menor de Bach aumentaba. Quién sabe si lo que sonó fue un fa, un do, un mi o un sol, yo solamente me desplazaba a lo largo de los cuatro niveles que conjuntan este instrumento. Dejé que el sonido de las flautas gigantes retumbara en los arqueados techos de la basílica, para después estremecer sus notas barrocas a lo largo y extendido del lugar.

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1-1

Regina Barberena

Órgano de la Basílica de Guadalupe.

Como obra de mi nefasta autoría inexperta, la pieza que interpreté no salió nada mal. Pero hay dos posibilidades: o nací dotada para tocar órganos monumentales, o la composición instrumental de este aparato es tan precisa y excepcional que hace que todo suene bien. Me iré más por la segunda, porque no quiero quitarle crédito al trabajo de Gerhard Grenzing y a los más de 20 colaboradores del INBA que rescataron esta belleza.

Texto generado en el Taller de Periodismo Narrativo de Sergio Rodríguez Blanco

2 comentarios en “La Toccata e fuga es el tema de Drácula

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