Tres etapas históricas están presentes en el concierto de Roger Waters en el Zócalo. Canta sobre lo que fue el recinto sagrado de la antigua Tenochtitlán, frente a la Catedral impuesta por los colonizadores españoles hace 492 años, canciones épicas compuestas durante el clímax de la guerra fría.

Y a la vez el fundador de la banda Pink Floyd alude a la realidad actual de México y de Estados Unidos: las desapariciones forzadas, la decadencia del gobierno, una vehemente incredulidad hacia Enrique Peña Nieto y la decisiva elección presidencial en nuestro país vecino, ridiculizando al candidato Donald Trump. Este impetuoso clima político lo genera tanto en los dos primeros conciertos del Foro Sol como en el que culmina en la Plaza de la Constitución.

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FOTOGRAFÍA: Carolina Castellanos

El cerdo Algi, icono desde 1976 de la portada del disco Animals, vuela entre nubes de humo mientras la gente acusa al Estado de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Atrás quedan las complejas escenografías que suelen acompañar los conciertos del grupo británico surgido en los años 60 con los personajes que aparecen en pantalla. Esta vez el bajista apuesta por un efervescente escenario que despierta el coraje de la audiencia, los gritos de hartazgo ante la corrupción y hasta la idea de que un cambio social es posible.

Durante los tres conciertos, dos mensajes claros, cortos, y contundentes se leen en las pantallas por más de 150 mil espectadores: “Trump eres un pendejo”; “Renuncia Ya”. Lo asombroso es la sincronización de estas frases con la antología musical. Cada canción tiene coherencia con lo que se lee.

Todo el que ha visto The Wall, del director británico Alan Parker, podrá entender que la película se adecua perfectamente al momento que vive en México: su decadencia política, la violencia de Estado contra los ciudadanos, el crecimiento de la división de clases y una crisis migratoria. El filme sobre México podría titularse Us and Them, como la canción de Pink Floyd, los créditos de la composición sonora serían de Roger Waters.

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FOTOGRAFÍA: Carolina Castellanos

Entre luces fluorescentes y un tumulto de personas, que corean las canciones con los ojos cerrados, Roger Waters y su grupo, despiertan pasiones entre los jóvenes y recuerdos de los baby boomers.

Casi al final de los tres conciertos Waters da un discurso similar dirigido a Enrique Peña Nieto: “La última vez que toqué en el Foro Sol conocí a algunas de las familias de los jóvenes desaparecidos. Sus lágrimas se hicieron mías, pero sus lágrimas no traerán de vuelta a sus hijos. Señor presidente: más de 28 mil personas han desaparecido durante su mandato desde 2012. ¿Dónde están todos?. Usted no conoce el castigo más cruel. Toda vida es sagrada, no sólo la de sus amigos. La gente está lista para un nuevo comienzo. Es hora de destruir el muro que divide a los más ricos de los más pobres. Sus políticas han fallado. La guerra no es la solución. Observe a su gente; los ojos del mundo lo están observando a usted”.

Los seguidores de Waters, y me incluyo, nos llenamos de pasión. La masa se convierte en una horda primitiva, como lo diría Freud, que clama al ritmo de la música por un país mejor. El concierto es una manifestación donde los cuerpos forman una comunidad. Reclamos, porras y antiporras se escuchan por todo el Zócalo. Y de repente… en las bocinas suena Another brick in the wall. Las canciones con las que termina el evento son: Brain Damage, Eclipse, Vera y Comfortably Numb. A diferencia de los conciertos del miércoles y el jueves, Waters no toca esta vez Bring the boys back.

La iniciativa privada, y no el gobierno de Mancera, patrocinó esta presentación de Roger Waters, donde hubo portazo y algunos heridos.

Al final me pregunto si es válido que un músico extranjero dé mensajes políticos de nuestro país. Considero que todos debemos denunciar las inconformidades e injusticias que se dan entre los seres humanos. No importa de dónde seas, lo relevante es aportar soluciones, transformar, concientizar y sugerir nuevas formas de organización política, social y económica, ya sea a través del arte o de una empresa. Abogo por ser activos y participativos.

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